Ehuneko Bat 2026: La liturgia del ruido y la resistencia en una jornada histórica Hay festivales que son simples eventos musicales y hay citas que se convierten en auténticas liturgias de resistencia cultural. Lo vivido en el Ehuneko Bat pertenece, por derecho propio, al segundo grupo. Once bandas, un asfalto que amenazaba con derretir las suelas de las botas a primera hora y un público que acudió con el cuchillo entre los dientes y ganas de quemar la noche. Con la cámara colgada al cuello, los objetivos limpios y el bloc de notas mental echando humo, nos sumergimos en un maratón de puro punk, hardcore y Oi! que tardaremos semanas en olvidar. A continuación, desgranamos, paso a paso, herida a herida y foto a foto, las más de diez horas de música que convirtieron el recinto en el epicentro estatal del ruido. El despertar del asfalto: Rabia, costumbrismo y sátira bajo el sol |
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Diskonformes: El bautismo de fuego Abrir un festival a primera hora de la mañana, con el sol cayendo a plomo y una humedad del 90% las barras descorchando los primeros barriles, es un regalo envenenado. Sin embargo, Diskonformes salieron a escena sin mirar el reloj ni el aforo. Los Bilbaínos se plantaron sobre las tablas con la seguridad de quien se sabe dueño de su mensaje. Desplegaron un punk-rock de vieja escuela, rudo, callejero y con unas letras cargadas de contenido social que funcionaron como el café más amargo para espabilar a los primeros valientes de las primeras filas. Su setlist, directo y sin concesiones ni discursos innecesarios, fue un cañonazo de apertura. Cumplieron con creces la misión más difícil del día: romper el hielo y encender las primeras mechas de la jornada. |
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Manolo Kabezabolo: El eterno juglar de la acera Poco se puede decir a estas alturas que no se haya escrito ya sobre Manolo Kabezabolo. Acompañado solamente de su humilde guitarra el bardo de Zaragoza es la personificación de la autenticidad en un mundo de plástico. Ver aparecer a Manolo en el escenario desata siempre una mezcla de nostalgia, respeto y camaradería. Con su habitual aparente fragilidad, que se transforma en puro carisma en cuanto agarra el micrófono, fue desgranando esos himnos que forman parte del ADN de cualquiera que haya pisado un gaztetxe o un bar de barrio. Sonaron los clásicos de siempre, coreados con una sonrisa de oreja a oreja por un público transgeneracional donde convivían viejos rockeros con chavales de quince años. Hubo imperfección, ruido y caos, pero es que el punk de Manolo no se ensaya: se sangra. Una lección de honestidad brutal que terminó con el recinto rendido a sus pies. |
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XpresidentX: El mitin más gamberro de la jornada La ironía y el humor negro subieron las revoluciones de manera dramática con la llegada de Xpresidentx. Su propuesta es un soplo de aire fresco e incómodo; un bofetón de realidad envuelto en el celofán de la parodia política. Con sus ya icónicos trajes y una puesta en escena perfectamente calculada, el combo de rap-punk y hardcore desató los primeros saltos colectivos de la jornada. Sus rimas son afiladas como bisturís, cargadas de una crítica feroz hacia las cloacas del Estado, la religión y el capitalismo, pero servidas en una batidora musical hiperactiva que no te permite quedarte quieto. La dupla vocal funcionó a las mil maravillas, intercambiando ráfagas de rimas mientras la base instrumental machacaba los niveles de graves. Un directo divertidísimo y demoledor que demostró que la lucha también se hace riéndose en la cara del poder.Hubo incluso bajada al Pogo del guitarra y la bajista también se sumo al los allí presentes que estaban disfrutando de cojones del bolazo que se cascaron. |
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Suben las apuestas: Sudor obrero y el pogo como arte Against You: Streetpunk con denominación de origen Con el recinto ya registrando una entrada más que notable, llegó el momento de ponerse serios. Against You jugaban con el viento a favor y no decepcionaron. Lo suyo es streetpunk y Oi! de manual: rudo, coral, orgulloso y con ese inconfundible aroma a asfalto y grada. Desde el primer acorde, la banda se mostró como una apisonadora sónica. Los coros, herederos directos de la tradición del punk vasco, atronaron los amplificadores y encontraron réplica inmediata en un foso que empezó a convertirse en una olla a presión. Fue durante su concierto cuando estallaron los primeros pogos de verdad, de esos donde la gente se empuja con rabia pero se levanta del suelo con una palmada en la espalda. Actitud obrera, pegada brutal y un concierto que colocó el listón de intensidad en la estratosfera. |
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Grippers: Velocidad escandinava y actitud sucia Casi sin tiempo para limpiar las salpicaduras de cerveza del objetivo, los focos se encendieron para recibir a Grippers. La banda ofreció un set frenético, encadenando canciones con la precisión de un metrónomo averiado por el exceso de velocidad. Su propuesta bebe del punk-rock acelerado y sucio de herencia escandinava, combinado con melodías directas que te enganchan a la primera escucha. No se perdieron en discursos; sabían que el festival estaba en su punto de ebullición y que la mejor forma de respetar al público era seguir dándole zapatilla. Mantuvieron la adrenalina fluyendo y sirvieron como el puente perfecto hacia la oscuridad que estaba por venir. |
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Arpaviejas: Poesía de alcantarilla y vísceras en el escenario Si hay una banda que duele escuchar por la crudeza de su mensaje, esa es Arpaviejas. JR subió al escenario con esa mirada magnética y desafiante que le caracteriza, dispuesto a vaciarse las entrañas ante su parroquia. El concierto de los barceloneses fue un ejercicio de punk visceral, macarra y de barrio bajo. Sus temas son crónicas de la exclusión, la frustración y la rabia contenida, escupidas desde el estómago con una rabia que traspasaba la barrera del sonido. El público respondió desatando la locura en las primeras filas, donde la presión contra la valla se volvió por momentos insoportable. Arpaviejas demostraron que no necesitan adornos ni poses de postal; les basta con tres acordes sangrantes y la verdad por delante para incendiar cualquier escenario. |
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La tormenta internacional y el clímax de la medianoche The Casualties: El huracán neoyorquino destroza el Ehuneko Llegaba uno de los momentos más esperados de esta edición. Desde Nueva York, los legendarios The Casualties hacían acto de presencia para demostrar por qué siguen siendo uno de los estandartes mundiales del hardcore punk de alta intensidad. Su impacto es inmediato: crestas kilométricas que desafían las leyes de la física, chaquetas de cuero customizadas hasta el último milímetro y una actitud hiperactiva. Musicalmente, lo suyo es una apisonadora sin frenos. El foso del Ehuneko Bat se convirtió en un auténtico torbellino de polvo y sudor, con circle pits masivos que envolvían a la mitad de la pista. Su vocalista no se conformó con el escenario; bajó a la valla, se mimetizó con las primeras filas y hizo de las suyas en los pagos allí formados , aunque algún que otro golpe también se llevo ,cantó suspendido sobre los brazos de un público en absoluto delirio. Un concierto de dimensiones épicas que dejó el ambiente cargado de electricidad. |
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Fuckop Family: El oasis del groove y la fusión pesada Tras la tempestad neoyorquina, la transición corrió a cargo de Fuckop Family, y qué bendito acierto. Los alicantinos introdujeron en la batidora del festival una dosis masiva de groove, metal, rap y reggae que, lejos de desentonar, sentó de maravilla a unos cuerpos que ya empezaban a acusar el cansancio. Su sonido es denso, pesado, con unas frecuencias bajas que te hacían vibrar los huesos del pecho y una dupla vocal que derrocha flow y agresividad a partes iguales. Con una compenetración envidiable, montaron una fiesta de mestizaje combativo que reactivó las piernas de todo el recinto. Demostraron que el público del Ehuneko tiene las orejas abiertas a la zapatilla en todas sus vertientes. |
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Etsaiak Eroak: El rugido incombustible de la vieja escuela La noche estaba en su punto álgido cuando los galones y la leyenda de Etsaiak Eroak asaltaron las tablas. El hardcore punk en euskera tiene en ellos a sus arquitectos definitivos, y anoche dejaron claro que el paso del tiempo solo ha servido para endurecer su propuesta. Sonaron compactos, pétreos, con esa velocidad endiablada y esos riffs cortantes marca de la casa. El concierto fue un viaje de ida y vuelta entre los clásicos de los noventa que marcaron a una generación y la vigencia absoluta de unos músicos que siguen mordiendo igual de fuerte. El rugido unánime del público coreando sus estribillos se debió escuchar a varios kilómetros a la redonda. Una demostración de poderío físico e histórico. |
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El síncope definitivo: Himnos de grada y la revolución de los bufones Kaos Urbano: La victoria de la hermandad Entrábamos en la zona de descuento y el cansancio acumulado se evaporó por arte de magia en cuanto sonaron las primeras notas de Kaos Urbano. Los de Alcobendas no dan conciertos, lideran batallas. Su streetpunk/Oi! es sinónimo de comunión absoluta y fidelidad inquebrantable. Cada canción de su setlist fue recibida como un gol en el último minuto de una final: miles de gargantas desgarrándose al unísono, un bosque de brazos en alto que cubría toda la pista y un pogo mastodóntico que unificó a todo el recinto en un solo cuerpo. Temas que son ya patrimonio de nuestra escena sonaron atronadores, respaldados por una banda que se vació en cada acorde. Kaos Urbano demostró, una vez más, por qué ostentan la corona del género a nivel estatal. Sencillamente brutales. |
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Manifa: La gran farsa punk cierra el círculo en casa Cerrar un festival de once bandas a altas horas de la madrugada es un reto que puede hundir a cualquiera, pero si hay una banda en el planeta capaz de transformar las últimas fuerzas del público en un carnaval irreverente, esa es Manifa. Jugando en casa, los de Balmaseda desplegaron su circo de punk satírico, ácido y directo al mentón. Con su habitual y cuidada puesta en escena de estética bufonesca, no dejaron títere con cabeza. Se rieron del sistema, de los políticos, de la sociedad de consumo y, sobre todo, de los propios mitos, clichés y vacas sagradas del mundillo punk. Musicalmente fueron un tiro: rápidos, gamberros y con unos estribillos coreables hasta la afonía. Nadie se movió del recinto hasta que cayó el último acorde. Un broche de oro teñido de humor, rabia local y pura diversión. |
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Conclusión: Las cenizas de una edición perfecta Cuando las luces de trabajo del recinto finalmente se encendieron, el paisaje era el de las grandes gestas: camisetas rotas, caras desencajadas por el cansancio, vasos aplastados y miles de sonrisas cómplices. El Ehuneko Bat volvió a revalidar su título como el santuario indiscutible del ruido autogestionado y fiel a sus raíces. Volvemos a nuestra casa con los pies destrozados, los oídos pitando, las tarjetas de memoria al límite de su capacidad y la certeza absoluta de que el punk no está muerto; ayer, simplemente, nos volvió a salvar la vida. ¡Larga vida al Ehuneko! ¡Nos vemos en los fosos! |
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