Hay rincones en la geografía estatal que no necesitan presentación cuando llega el verano, pero las Merindades burgalesas tienen un magnetismo especial que trasciende lo geográfico. Cuando el asfalto de Trespaderne empieza a acumular el calor sofocante de julio, los lugareños ya saben lo que se avecina: no es una simple ola de calor estival; es la marea humana, la distorsión, el sudor y la rabia que emanan de las entrañas del Tresparock. [ crónica ]










































