Hay festivales que viven de vender humo en redes sociales, de posados artificiales y de cerveza a precio de oro servida en vasos biodegradables de postureo. Y luego está el Cebolla Rock de Belorado. Aquí no se viene a lucir modelito ni a buscar el selfie perfecto; a Belorado se viene a dejarse la garganta, a tragar polvo en el pogo y a recordar por qué esta música, por mucho que algunos se empeñen en darla por muerta, sigue siendo el último reducto de resistencia. [ crónica ]










































