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Festivales que ya no están
10/01/2013
Autor: Luis Muela, Salcedorock
 
 
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Cuando nuestra cultura mata la cultura
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Rock & Roll, siempre rabioso. Sobrevive agonizando de festival en festival. Dejando su huella en la historia: crestas, melenas, chupas de cuero, pulseras de pinchos, camisetas de La Polla o de los Maiden. Criticando y criticado. Le cante al amor o al hijo del alcalde, lo hace como mandan los cánones: en directo. Qué grande puede llegar a ser este género musical cuando conectan el público y su grupo en un directo y se produce esa simbiosis, tan personal, que hace única nuestra música.

Pero esta combinación entre músico y público no se da de manera espontánea. Además del grupo y su público, falta una parte muy importante que puede abarcar desde el amigo que te ayuda a descargar el equipo de sonido, hasta las más altas instituciones públicas. Hablo de la organización. Es un ejercicio recomendable cuando vamos a un concierto o a un festival, sea como público o como músico, el preguntarse:

¿Quién y cómo hace esto posible?

Pensar que el que está tardando en ponerte una cerveza, aparte de hacerlo de manera altruista, quizá lleve muchas horas trabajando sin parar; que está allí, detrás de la barra, sin dormir, de pie gracias a un bocadillo que comió hace horas. O que los profesionales de la seguridad merecen tu respeto y atención, solo por estar trabajando para ti. Ellos y muchos otros forman el andamio invisible que aúpa al grupo a lo más alto del escenario. Por eso, aunque halla mucha “Estrella del Rock”, al final, nadie es más que nadie y, desde el respeto, es muy de agradecer que el cantante se saque una foto con el chico que lleva media hora mojándose en la puerta de su camerino.

Durante unos años, de manera intensa, yo he vivido la organización de festivales muy de cerca. He llegado a descampados donde solo había polvo y, horas después, he saltado al ritmo del guitarreo con una cerveza en la mano. He visto cómo se desplegaban las barras, se colocaban las vayas, se descargaban equipos de sonido y se levantaba el escenario. Cómo nacía un pequeño reducto de rock.

En este mundo, el de los festivales, como en la vida misma, hay de todo. Los buenos y los malos. Interesados y avariciosos. Hay “profesionales”. Los hay que engañan. Están los que ganan y, luego, los que pierden. Los hay con dignidad. Lo único que es común a todos ellos es que eso que hacen lo podría hacer cualquiera, pero no cualquiera lo hace. Por el motivo que les mueva, siempre son gente con iniciativa que, a pesar de los riesgos, confían en sus ideas. Aunque no siempre las lleven a cabo.

Esto no implica que hacer un festival para sesenta mil personas sea sinónimo de éxito. Ni que cinco grupos en la plaza del pueblo, para doscientas personas, sea una ruina. El éxito, a mi entender, radica en que las buenas ideas se vean correspondidas. La ruina viene cuando los intereses y el egoísmo corrompen estas ideas. Es muy doloroso ver cómo una persona, una idea equivocada o la envidia te tiran por la borda toda la ilusión y el trabajo de un año.

Luañarock, Baiturock, Cebollarock, Renedorock, Salcedorock. Mucho rock ha hecho engordar esta trágica lista de festivales que van desapareciendo. A todos nos ha apenado llegar a una situación así. Pero por unos u otros motivos, esto es lo que hay. Cada una de las partes le echa la culpa a lo que cree conveniente: que si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y nos vemos obligados a reorientar los presupuestos públicos. Que si las entradas son carísimas o que hacerlo gratis es imposible. Que con caches tan inflados se hace insostenible la situación. Que vaya mierda de cartel.

Esta cultura hace este mundillo muy delicado. El mínimo traspiés te puede echar abajo un festival y, lo que es más duro, siempre hay alguien que te puede poner la zancadilla. Somos como somos: humanos y bastante egoístas. Nuestra tendencia a mirar y criticar al vecino por sistema nos hace olvidar que somos más inteligentes. Que reflexionar, valorar y actuar en consecuencia nos ayudaría a ser más solidarios y participativos.   Que hay que adaptarse. Que tenemos que evolucionar. El Rock and Roll siempre ha sobrevivido así.

He vivido el Rock & Roll humildemente, desde dentro, y pienso que la realidad es así también. Nuestra música está muy metida en las venas de la sociedad y, para bien o para mal, vive con ella. Convive con nosotros. Quizá soy pesimista después del indigesto atracón festivalero de estos últimos años. Pero interminables veranos de conciertos y festivales han saturado un poco mi cerebro y, a veces, he llegado a aborrecerlos. Las resacas son así.

Mucha suerte al Tresparock y al Tasugo.

¡¡Larga vida al Rebujas!!

 
 
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