El 9 de agosto, la villa de Cortegana volvió a vestirse de historia, música y fiesta con sus ya míticas Jornadas Medievales. Dentro de ellas, el Festival Internacional Sierra Celta volvió a erigirse como el corazón de las noches estivales: a los pies del castillo, en la Morada del Son Celta, vivimos una velada inolvidable donde dos propuestas hicieron vibrar al público: Batea, desde Vigo, y Akab, desde Estrasburgo. Como fotógrafo y testigo, mi balanza se inclina con claridad: Batea fue, para mí, el alma del festival. La formación viguesa encendió la explanada con una mezcla única de folk y rock, en la que la tradición se volvió contemporánea y el Atlántico sonó tanto a piedra y mar como a asfalto y juventud. Fundados en 2020, y con músicos de largo recorrido, demostraron que el folk-rock gallego tiene presente… y mucho futuro. |
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El directo fue un despliegue de fuerza y elegancia: Chema Alonso (gaita), André Taboada (violín), Iván Martínez (batería), Roberto González (guitarras), David Oitabén (flauta) y David Casal (bajo) construyeron un espectáculo magnético. Desde detrás de la cámara vi cómo la gaita se entendía con la guitarra eléctrica, cómo violín y flauta se lanzaban chispas en el aire y cómo la base rítmica arrastraba al público a bailar sin remedio. La química entre ellos se respiraba: complicidad, sonrisas, energía compartida. La explanada al pie del castillo se convirtió en un océano de saltos y coros que respondía a cada ataque instrumental. Batea no solo reivindicó sus raíces: logró transformar la tradición en un lenguaje nuevo, demostrando que el folk-rock gallego late con una vitalidad inagotable. |
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Tras ellos, llegó el turno de Akab, banda francesa de referencia en el punk-rock celta. Desde Estrasburgo trajeron su fórmula festiva de riffs acelerados y melodías irlandesas, capaces de convertir cualquier escenario en una taberna desbordada de sudor, pogo y celebración. La explanada, aún encendida por la descarga gallega, se sumó sin reservas al pulso rebelde de los franceses, que hicieron del “mosh pit” una fiesta colectiva. Cortegana, en esos días, fue mucho más que un festival: es un pueblo entero transformado en villa medieval, con mercado, talleres y bullicio en cada esquina. Pero por la noche, bajo la luna andaluza, la música celta se convierte en protagonista, y este año volvió a demostrar su poder de convocatoria: más de 40.000 visitantes pasaron por sus jornadas, consolidando al evento como uno de los referentes culturales y festivos de toda España. |
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Como crítico y fotógrafo, siempre busco ese instante en el que la música se vuelve imagen. Con Batea lo encontré en cada compás: la gaita deslizándose sobre el bajo, un gesto compartido entre músicos, una sonrisa que iluminaba más que los focos. Me llevo la certeza de haber capturado a una banda que respira presente y futuro, y la emoción de haber visto cómo la música gallega ardía en pleno corazón de Andalucía. El Festival Sierra Celta no es solo una cita musical: es un recordatorio de que la cultura vive, evoluciona y se celebra colectivamente. En esta edición, Batea brilló con luz propia, y Cortegana volvió a bailar entre leyenda y modernidad. Así lo viví, y así lo fotografié: la noche en la que Galicia y Estrasburgo hicieron suyo el castillo de Cortegana… y en la que, sin duda, la batea navegó más alto que nunca. |
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