El 16 de noviembre, la Nueva Cubierta de Leganés, Madrid, volvió a demostrar su capacidad para convertirse en un punto de encuentro generacional. Allí confluyeron quienes crecieron con las grandes obras del Power Metal europeo y quienes han encontrado en sus nuevos representantes una puerta de entrada. Lo que podía haber sido una velada predecible dentro de una gira de aniversario terminó revelándose como un ejercicio honesto de resistencia artística: una celebración contenida de la continuidad, no un monumento al pasado. Beast In Black fueron los encargados de abrir la noche con la determinación de quienes ya no necesitan demostrar que pertenecen a escenarios mayores. Su estética híbrida, que combina futurismo luminoso y referencias al cómic y al anime, ha dejado de ser una singularidad llamativa para convertirse en parte esencial de su identidad. A pesar de las limitaciones acústicas habituales del recinto, la banda se mantuvo firme sobre un sonido que, aunque condicionado, no logró empañar el pulso del directo. |
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Yannis Papadopoulos volvió a situarse como el eje de la propuesta. Su dominio vocal, más allá de la potencia, destaca por la precisión y la capacidad para modular cada fraseo sin convertir el virtuosismo en un ejercicio de exhibición. La entrada de Daniel Freyberg en las guitarras no alteró la química del grupo, que mantiene una compenetración estable y un uso calculado de elementos programados que, aunque discutibles para parte del público más purista, resultan coherentes con su estética global. El repertorio avanzó sin altibajos significativos, y el cierre con “No Surrender” confirmó que la banda atraviesa un punto de consolidación que pide, tarde o temprano, un espacio propio al nivel de los grandes titulares. |
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La transición hacia Helloween no se vivió como un relevo generacional, sino como una expansión del significado de la noche. Desde el primer instante, la introducción visual que repasaba las portadas de su discografía dejó claro que la banda no pretendía recrearse en el recuerdo. La sucesión de imágenes, más que un gesto de auto homenaje funcionó como una contextualización: cuarenta años de trayectoria convertidos en un continuo que desemboca en un presente todavía fértil. La aparición conjunta de Kiske, Deris y Hansen fue la clave para comprender el planteamiento actual del grupo. No se percibió una competencia de egos, ni el intento de superponer estilos dispares, más bien, una confluencia que ha necesitado tiempo para asentarse y que, en la actualidad, se manifiesta con naturalidad. Kiske mantiene esa claridad vocal que parece resistir el paso del tiempo sin recurrir a artificios. Deris aporta una teatralidad contenida, que equilibra el brillo técnico de su compañero con un enfoque más terrenal. Hansen, en sus irrupciones, retoma la crudeza de los primeros años con una energía que sigue generando un repunte inmediato en la atmósfera de la sala. |
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El resto de la banda sostuvo el peso de este diálogo múltiple con una profesionalidad de alto nivel. Las guitarras de Weikath y Gerstner se alternaron entre la melodía y la estructura rítmica con una exactitud que permitía a las voces discurrir con libertad, y la base formada por Grosskopf y Löble impuso un pulso constante que otorgó cohesión incluso a los tramos más complejos del repertorio. El concierto avanzó con un criterio narrativo medido. No se trató de amontonar clásicos para sumar aplausos, sino de trazar un recorrido que uniera épocas sin que ninguna quedase sometida al brillo de otra. Las piezas más antiguas resonaron con la fuerza esperada, aunque lejos de una simple imitación de estudio; las más extensas, como “The King for a 1000 Years”, revelaron un control dinámico notable, propio de una banda que domina los tiempos escénicos y emocionales; y las nuevas, lejos de crear distancias, encontraron una receptividad que habla bien del momento creativo que atraviesa la formación. En ningún momento se sintió la ansiedad que suele acompañar al material reciente en conciertos de aniversario: el público escuchó con atención, no con resignación. |
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La dimensión visual añadió una capa más a este discurso. Helloween ha logrado producir un espectáculo que utiliza tecnología y estética moderna sin convertir la puesta en escena en un fin en sí mismo. La iluminación, las proyecciones tridimensionales y los efectos pirotécnicos se integraron como elementos narrativos, no como adornos. Incluso los instantes más íntimos, cuando Kiske y Deris tomaron asiento para un breve bloque acústico, mantuvieron su peso emocional sin caer en dramatismos excesivos. El silencio respetuoso que se extendió por la grada, salvo cuando se les requería aportación, durante ese momento evidenció que el público percibió la intención de la propuesta. La recta final, tradicionalmente la zona de mayor impacto emocional en los conciertos de la banda se resolvió con sobriedad. No hubo búsqueda de grandilocuencia, sino de cierre coherente. La energía de “Dr. Stein”, la contundencia de “Heavy Metal Is the Law” y el fragmento final de “Keeper of the Seven Keys” no pretendieron recrear un pasado idealizado, sino subrayar el hilo que conecta la historia de Helloween con su presente. La noche concluyó sin discursos extensos, sin apelaciones forzadas a la nostalgia. El aplauso final, largo pero contenido, fue más un reconocimiento que una explosión. La impresión general es que Helloween no está celebrando solamente cuatro décadas de existencia: está demostrando que aún tiene margen para seguir construyendo, que su relevancia no se sostiene únicamente en el peso de su catálogo histórico, sino en la solidez de su propuesta actual. Heavy Metal is the Law. |
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