Cuando el acero recuerda su origen Hubo un instante en el que el tiempo pareció plegarse sobre sí mismo, no fue un ejercicio de recuerdo ni una postal anclada en otro siglo, fue la sensación colectiva de volver a casa. En Vistalegre, OBÚS no regresó para mirar atrás, sino para abrazar todo lo vivido y demostrar que ciertas llamas nunca se apagan, solo esperan el momento exacto para volver a arder. El Palacio de Vistalegre respiraba historia antes incluso de que se apagaran las luces, rostros curtidos por décadas de conciertos se mezclaban con miradas jóvenes que habían heredado canciones como si fueran relatos familiares. Chaquetas gastadas, parches descoloridos y gestos cómplices componían una escena donde cada asistente llevaba su propio pasado a cuestas, aquella noche no era una cita ordinaria, la alineación original de OBÚS volvía a ocupar un mismo escenario en Madrid. A nivel técnico, el despliegue fue notable desde el primer segundo, dos pantallas laterales de alta definición y un gran panel central LED acompañaron toda la actuación, con contenido visual específico para cada tema. El sistema de sonido, apoyado en una configuración line array perfectamente ajustada al recinto, permitió una mezcla clara y contundente, algo esencial en un pabellón de estas dimensiones, PA iluminación, basada en focos móviles, strobes y ráfagas sincronizadas, reforzó el carácter narrativo del espectáculo sin eclipsar a la banda. |
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La aparición fue directa y sin artificios innecesarios, Paco Laguna y Juan Luis Serrano tomaron posiciones, Fernando Sánchez se acomodó tras su batería elevada, y finalmente Fortu Sánchez cruzó el escenario entre humo y sirenas. El primer impacto llegó con “Necesito más”, abriendo una secuencia inicial que continuó con “La raya” y “Más que un dios”, tres golpes consecutivos que activaron memoria muscular y gargantas por igual, el grupo sonaba compacto, preciso, con una energía que no entendía de calendarios. La narrativa avanzó sin fisuras. “Sin dirección” y “Dosis de heavy metal” conectaron con la raíz más directa del repertorio, mientras “Cualquier noche” aportaba un matiz distinto, más nocturno, casi confesional, el público no se limitaba a escuchar, acompañaba cada frase como si formara parte del propio engranaje del concierto. La intensidad subió varios grados con “Pesadilla nuclear”, coronada por un mensaje inequívoco desde el micrófono, y “Siento ganas”, donde Fortu Sánchez volvió a moverse con la naturalidad de quien nunca ha abandonado las tablas. El ambiente se tornó más sombrío con “Te visitará la muerte”, envuelta en imágenes de cementerios y llamas, antes de que “Que te jodan” desatara una descarga visceral, celebrada como una liberación colectiva. |
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El contraste emocional llegó con “Complaciente o cruel”, sostenida por teclados y una interpretación especialmente sentida, a partir de ahí, el pulso regresó a terreno firme con “Juego sucio” y “El que más”, esta última acompañada por proyecciones de cine urbano ochentero que reforzaron el vínculo entre música y contexto social. Uno de los momentos más elegantes de la noche se produjo en “Dame amor”, con la intervención al saxo de Luis Cobos, cuya presencia añadió un matiz sofisticado sin romper la coherencia del directo. Tras las presentaciones de rigor y el reconocimiento a quienes hicieron posible la reunión, llegó “Marilú”, seguida de “Viviré”, ambas recibidas con una emoción casi palpable, pero el punto álgido sentimental se alcanzó con “Autopista”, precedida por la búsqueda en las gradas de La Mari, madre de Fortu Sánchez, proyectada en las pantallas entre aplausos y sonrisas. “Cautivos” dio paso a un solo de batería de Fernando Sánchez, que sirvió para que el resto de la banda descansara y, sinceramente, poco mas. |
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El tramo final fue una comunión absoluta. “Dinero, dinero” transformó Vistalegre en un mar de luces móviles, seguido por “Va a estallar el Obús” y “Vamos muy bien”, que funcionaron como auténticos himnos generacionales. Tras una aparente despedida, el recinto guardó silencio para un homenaje audiovisual dedicado a figuras esenciales del rock estatal con una ovación especialmente sentida para Manzano, Chicho (Mojinos Escocios), Jorge Martínez (Ilegales) y Robe. El epílogo llegó con “Mentiroso”, “Esta ronda la paga Obús” y el cierre definitivo con “Yo solo lo hago en mi moto”, interpretada con un Fortu Sánchez exhausto, arrodillado sobre el escenario, mientras fuego frío, serpentinas y humo sellaban la escena. Cuando las luces se encendieron, los cuatro músicos se abrazaron en el centro de las tablas, no hubo discursos grandilocuentes ni promesas vacías. Solo la certeza de haber compartido algo real, aquella noche, OBÚS no revivió su historia, la volvió a escribir con la tinta invisible de la emoción. |
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