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 Crónica
 
Eric Sardinas
  09/02/2026     
  Raúl Blanco     
  Raúl Blanco
  Sala Villanos, Madrid, Madrid
www.insonoro.com

Eric Sardinas desata un vendaval de blues sudoroso y electricidad salvaje en Sala Villanos

Hay conciertos donde uno entra con ganas de escuchar música y sale con la sensación de haber sobrevivido a un ritual pagano. Lo del guitarrista californiano en Villanos fue más lo segundo que lo primero. Allí no hubo medias tintas, ni postureo vintage, ni nostalgia domesticada. Hubo madera chirriando, metal vibrando, amplificadores echando humo y un tipo que sigue tocando como si le debiera dinero al diablo.

Desde que apareció sobre las tablas quedó claro que aquello iba a ser una sesión de blues sin filtro, del que raspa la garganta y deja las yemas de los dedos pidiendo baja médica. Sardinas arrancó empuñando sus inseparables resonadoras, sacando de ellas un tono lleno de armónicos agresivos y con una proyección brutal, ese sonido metálico tan característico parecía salir disparado como metralla, con un sustain largo y sucio que llenaba cada rincón de la sala.

A nivel técnico, el despliegue fue una barbaridad, maneja las afinaciones abiertas con una autoridad que le permite construir acordes enormes sin perder ni una pizca de definición, su manera de atacar las cuerdas mezcla precisión quirúrgica con una violencia perfectamente controlada, cada fraseo parecía estirarse y retorcerse, moviéndose entre escalas tradicionales del blues y escapadas que rozaban terrenos mucho más incendiarios.

  
Eric Sardinas
 

La mano derecha fue un espectáculo dentro del espectáculo, alternó patrones de fingerpicking ultra agresivo con golpes secos sobre el cuerpo del instrumento, generando una base rítmica que convertía la guitarra en una especie de locomotora desbocada, el control dinámico fue salvaje, podía pasar de un susurro lleno de tensión a un latigazo sonoro en cuestión de segundos sin perder limpieza ni articulación. Los temas no se limitaron a sonar, se transformaron en criaturas vivas que mutaban constantemente. Sardinas estira las composiciones como si fueran chicle, construyendo largos pasajes instrumentales donde la improvisación manda, los cambios de intensidad eran constantes, jugando con silencios incómodos seguidos de explosiones que levantaban al público de golpe.

La base rítmica fue puro músculo, el bajo funcionó como una columna vertebral sólida, alternando líneas profundas con momentos donde metía saturación para añadir más mala baba al conjunto, la batería, lejos de quedarse en un acompañamiento cómodo, disparó patrones contundentes, redobles afilados y cambios de acento que empujaban los temas hacia terrenos cercanos al rock más sudoroso, entre los tres montaron un engranaje perfectamente sincronizado, reaccionando a cada giro musical como si llevaran tocando juntos toda la vida. Hubo tramos donde Sardinas cedió terreno y dejó que sus compañeros tomaran el control, y ahí quedó claro que el proyecto funciona como un trío compacto, sin egos mal colocados, los regresos al riff principal entraban como un martillo neumático, generando subidones de adrenalina que recorrían la sala como una descarga eléctrica.

  
Eric Sardinas
 

En el apartado escénico, Sardinas sigue siendo un depredador del directo, aunque ahora parece dirigir su locura con más puntería, se planta frente al amplificador con esa mezcla de chamán del delta y pistolero de bar de carretera, exprimiendo cada nota hasta que parece que la guitarra va a desintegrarse entre sus manos. La conexión con el público fue directa, sin discursos eternos ni teatrillos forzados. Su lenguaje fue el volumen, la intensidad y toneladas de actitud, eso sí, es imposible no recordar la etapa más incendiaria de su carrera, sigue transmitiendo peligro, pero ya no llega al extremo de aquellas noches en las que su guitarra terminaba convertida en una antorcha real sobre el escenario, era una locura gloriosa, una imagen que quedó grabada en la memoria de muchos, ahora el fuego sigue ahí, pero arde dentro de las canciones, y aunque la madurez musical que ha alcanzado es incuestionable, hay algo en el imaginario colectivo que sigue echando de menos ver cómo prendía literalmente el instrumento como quien firma un pacto con el caos.

  
Eric Sardinas
 

El sonido de la sala jugó totalmente a favor del concierto. La cercanía permitió apreciar detalles microscópicos, el roce del metal sobre las cuerdas, las resonancias naturales del instrumento y cada matiz de la base rítmica, la mezcla fue directa, cruda y sin maquillaje, justo como pide un estilo que vive de la imperfección controlada. También resultó curioso el ambiente entre el público. Había veteranos con más carretera blusera que un tráiler de gira, pero también bastante gente joven dejándose llevar como si acabaran de descubrir que el blues puede sonar tan peligroso como el rock más salvaje. Esa mezcla generacional le dio un aire muy especial a la noche.

El tramo final fue una subida progresiva de intensidad donde el trío sacó todo el arsenal. Las canciones se transformaron en tormentas de solos, cambios de tempo y cierres explosivos que dejaron a la sala completamente rendida. Tras un amago de despedida, regresaron para rematar la faena con un tema más coreable que convirtió el final en una celebración colectiva. Lo que ocurrió en Villanos fue una demostración de que el blues sigue siendo un animal indomable cuando cae en las manos adecuadas. Sardinas no interpreta este género, lo muerde, lo arrastra por el suelo y lo lanza contra el público hasta dejarlo temblando, y mientras siga subiéndose a un escenario con esa mezcla de técnica salvaje y actitud incendiaria, su directo seguirá siendo una experiencia que no se escucha… se sobrevive.

  
Eric Sardinas
 
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