Suzanne Vega y el arte de sostener el silencio Hace unos días, la gira de presentación de Flying with Angels llevó a Suzanne Vega a Madrid. Una parada más dentro de un recorrido que, en su caso, no se mide tanto en kilómetros como en la capacidad de seguir sosteniendo, década tras década, una forma muy concreta de entender la música. El martes 31 de marzo, a las 20:00, se abrieron las puertas de la sala But. Varios cientos de personas fueron ocupando el recinto en un ambiente tranquilo, casi expectante, en el que llamaba la atención tanto la amplitud de edades como la notable presencia de público extranjero. Una hora más tarde, con la sala prácticamente llena, Suzanne Vega apareció en escena acompañada por un guitarrista. Tras colocarse una elegante chistera, saludó al público en castellano —idioma que, según explicó, sigue estudiando con la ayuda de Duolingo, aunque forma parte de su vida desde la infancia— antes de arrancar con “Marlene”. |
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Bastaron unos pocos compases para entender por qué su música sigue funcionando tantos años después. No hay artificio. No lo necesita. Su voz, precisa y contenida, se apoya en arreglos sencillos que dejan espacio a lo importante: la canción. El formato, deliberadamente sobrio, reforzaba esa idea. Una guitarra eléctrica siempre presente, apoyada en ocasiones por guitarra acústica y/o un violonchelo, construía un sonido limpio, sin capas innecesarias. Ese silencio, más que el propio repertorio, terminó definiendo la noche. |
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“Small Blue Thing”, “Gypsy” o “Queen and the Soldier” reforzaron esa sensación antes de dar paso a “Flying with Angels”, tema que da nombre al disco y que llegó acompañado de recuerdos de juventud. Las referencias a ese pasado se entrelazaron con otras más explícitas, como la influencia de Bob Dylan —presente en “Chambermaid”— o el recuerdo a Joe Jackson, con quien colaboró en “Left of Center”. También hubo espacio para la reivindicación, especialmente en “Speaker’s Corner”, en la que la artista puso el foco en la libertad de expresión, un asunto que, lejos de perder vigencia, parece cada vez más frágil. |
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La única grieta en ese silencio llegó con “Luka”. Entonces sí: algunos móviles se alzaron y parte del público no pudo evitar registrar el momento. Algo parecido ocurrió con “Tom’s Diner”, que transformó por unos minutos la contención en una emoción compartida en voz alta, apoyada además en una percusión ofrecida por cientos de pares de manos dando palmas al tempo. El tramo final, con “In Liverpool”, “Galway” y “Rosemary”, cerró un concierto que no necesitó grandes gestos para dejar huella. Bastó con sostener, durante algo más de hora y media, una forma de estar sobre el escenario que hoy resulta casi excepcional: la de quien confía en las canciones y en la atención del público. |
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