El Último de la Fila montó en el Metropolitano lo que muchos llevaban media vida esperando El Metropolitano vivió la reunión más esperada del pop rock español en un concierto inmenso, sólido y calculado al milímetro. Manolo García y Quimi Portet recuperaron el catálogo de El Último de la Fila frente a un público rendido a ellos desde la intro, en una noche en la que había nostalgia, sí, pero varios escalones por debajo de las canciones. El Último de la Fila hizo en Madrid un concierto a la altura de su gran legado. El Metropolitano congregó a una multitud de fieles de los catalanes para vivir un momento que se antoja único e irrepetible en un show construido con gran inteligencia y emoción, sin pantomimas innecesarias y con un setlist que mantuvo en lo más alto la noche de principio a fin. No fue una fecha nostálgica sin más; fue una celebración del presente con un sonido trabajado, aunque muy irregular por culpa de un recinto que no está adaptado para conciertos y es capaz de cargarse cualquier evento te pongas donde te pongas. Aun así, se celebraba algo tan complicado como que las buenas canciones jamás pasan de moda; son como el buen vino: cogen cuerpo y carácter con el paso del tiempo. |
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El arranque marcó el paso a seguir para el resto de la noche. “Huesos” y “Conflicto armado”, del cancionero de Los Burros, dieron el pistoletazo de salida todavía con luz natural, cosas del cambio horario, y colocaron a la banda en la memoria colectiva actual con sus señas de identidad clásicas: guitarras con filo, letras de fuerte carga poética y una identidad propia que ha influenciado a tantos artistas llegados posteriormente. Después llegaron “Querida Milagros”, “Mi patria en mis zapatos” y “Aviones plateados”, sin parar el ritmo del concierto y sin tiempos muertos en unos primeros treinta minutos que comenzaron a hacer estragos en las cuerdas vocales de los asistentes, que veían incrédulos cómo Manolo García se mezclaba con ellos en la pista como uno más. Escénicamente, sin muchos fuegos de artificio, textualmente solo alguno al final del show, era un escenario efectista, con grandes pantallas y un juego luminotécnico de altura, más allá de esos detalles marinos y figuras surrealistas ligadas para siempre al universo visual del grupo. Los peces, presentes en todo momento durante el espectáculo, incluso presidiendo el gran escenario, sirvieron de hilo conductor de una escenografía pensada para rememorar viejos tiempos sin distraer la atención de lo que ocurría bajo su mirada, algo que, aunque lo parezca, no es nada fácil de conseguir. Gran estadio y escenario inmenso muchas veces son sinónimo de evasión visual en detrimento de la atención auditiva; ese necesario equilibrio está únicamente al alcance de artistas con un alto nivel de detalle y un gusto fuera de lo común. |
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Sobre el escenario, Manolo García era el auténtico protagonista de la noche, sin parar ni un segundo, algo que ya tiene asumido y lleva haciendo mucho tiempo en su faceta en solitario. Incluso apareció su inseparable sillón verde, que le sirvió para descansar un rato y terminar por los suelos como un crío de la era premóvil. Me pregunto de dónde sacará este hombre la vitalidad para no parar en dos horas y media sin que se resienta su nivel vocal en ningún momento del show, y eso, para cualquiera que conozca la carrera y la exigencia vocal de los temas de El Último de la Fila, es mucho, muchísimo, decir. Quimi Portet es el contrapunto, como siempre ha sido habitual durante toda su carrera. Estuvo más comedido en lo gestual; otra cosa es a nivel musical, ya que sostuvo en todo momento el armazón musical de la banda con su guitarra precisa y eficaz, como nos tenía acostumbrados desde siempre, todo ello sin coger el protagonismo en ciertos momentos para lucimiento personal, de pleno derecho, por supuesto. Pero estos nuevos El Último de la Fila van más allá de Manolo y Quimi, ya que tanto las guitarras como las coristas y la base musical rozaron un altísimo nivel durante toda la noche, sin fisuras y con una firmeza a la altura del nombre al que representaban. |
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El concierto continuaba apoyado en grandes clásicos que siguen funcionando en directo como un tiro. “El loco de la calle”, “Soy un accidente”, “La piedra redonda” y “Mar antiguo” sostenían en lo más alto el listón de la noche, con guiños constantes a toda su discografía, como por ejemplo lo que llegó a continuación: “Disneylandia”. A esas alturas, el concierto llevaba una velocidad de vértigo: todos los éxitos y unas interpretaciones que daban la sensación de que nunca hubieran dejado la actividad como grupo, a juzgar por la diversión que había encima y debajo del escenario. No diré que no hubiera muchos móviles grabando, pero había más gente disfrutando y cantando como si no hubiera un domingo. Estábamos aproximadamente en la mitad del show y fue entonces cuando todo saltó por los aires. Comenzó el tramo de éxitos de los éxitos: “Cuando el mar te tenga”, “Canta por mí”, “Llanto de pasión” y “Lápiz y tinta”. Si quedaba alguna duda de si actualmente El Último de la Fila podría ofrecer lo que años atrás era seguro, se despejó por completo al instante: público y banda eran uno. Y ya no os decimos nada con “Sara”, “Lejos de las leyes de los hombres” y “Dulces sueños”, que metieron al concierto en su tremenda y apoteósica recta final. Antes de los bises, las pantallas proyectaron imágenes de archivo y fragmentos de actuaciones antiguas. Fue una pausa breve y funcional, utilizada para tomar aire antes del último bloque, un cierre que cumplió con creces con lo que se esperaba. “Ya no danzo al son de los tambores”, “Los ángeles no tienen hélices”, “Como un burro amarrado a la puerta del baile” e “Insurrección” volaron por los aires el Riyadh Air Metropolitano, dejándolo convertido en cenizas. La comunión entre el público y Manolo García era de tú a tú, de amigos de toda la vida, como si se conocieran de siempre unos a otros. |
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Manolo se enfundó la nueva elástica del conjunto colchonero, la segunda equipación en negro con el dorsal 8 y su nombre, a la vez que agradeció el trato recibido en todo momento por el Atlético de Madrid y recordó algo que debería hacer todo el mundo: “La rivalidad en el deporte es solo eso, rivalidad deportiva, y no hay que llevarla más allá de un terreno de juego”. Sí, señor. Como remate, sonó “El rey”, usado como despedida final tras la extensa presentación de la banda. El público no quería irse, pero parece que ellos tampoco querían dar por finalizada la fiesta. Madrid recibió a El Último de la Fila con entusiasmo y el grupo respondió con un concierto serio, extenso y bien resuelto. Sin necesidad de reinventar nada, bastó con tocar bien, elegir bien el repertorio y dejar que las canciones hicieran el resto. |
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