Gwendal en Aranda de Duero: cuando la memoria baila EnveroFest 2026 · Jardines de Don Diego · 23 de mayo de 2026 Hay conciertos que uno va a ver por primera vez. Y hay conciertos a los que uno vuelve. Con décadas de por medio, con cámara al hombro y la misma ilusión intacta. El de Gwendal en Aranda de Duero era de los segundos. Para mí, lleva siéndolo desde hace cuarenta años. Esta vez el escenario era los Jardines de Don Diego, en el marco del EnveroFest 2026, la fiesta musical que acompaña cada año a los Premios Envero, la gran cata ciega de vinos de la Ribera del Duero. Llegué invitado por Marcos Valles, de Actos Management, que lleva representando al grupo desde hace dos décadas. Ese acceso —foso, escenario, camerinos— lo valoro, sobre todo, por lo que significa estar cerca de algo que conoces bien y que, sin embargo, cada noche te sigue sorprendiendo en algún detalle. |
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La plaza antes de que empezaran El grupo castellano El Nido había abierto la noche con su neofolk de raíz, calentando un público que llegaba con el vino en la mano y cierta disposición festiva. Cuando Gwendal subió al escenario, los Jardines estaban llenos. Temperatura agradable, algo de viento que cruzaba sin molestar, y en el horizonte unas nubes que amenazaban lluvia sin atreverse a cumplir la amenaza. El aire olía a lo que huele Aranda en mayo: tierra, vino, gente reunida. Era la primera vez que Gwendal tocaba en Aranda. Lo dijo Youenn desde el escenario, con esa naturalidad que tienen los músicos curtidos: que no veía ninguna cara conocida en el público. La plaza se rió. Pero en pocos minutos, el público era suyo. Gwendal no necesita presentación larga para conectar. La flauta, el violín, esa arquitectura sonora que mezcla la tradición celta bretona con el jazz y el rock progresivo funcionan de manera casi física. No es música que uno escucha sentado con los brazos cruzados. |
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Lo que ocurría en el público Las imágenes que más me importaron esa noche no estaban en el escenario, sino en el público. Personas de sesenta, setenta años, bailando. Saltando, incluso. Con una energía que no tenía nada de nostalgia meláncolica: era el reconocimiento físico de una música que les pertenece desde jóvenes. Los primeros discos de Gwendal llegaron a España en los años setenta y se convirtieron en banda sonora de toda una generación. Verlos bailar no era ver a gente mayor recordando: era ver a gente que sigue viva dentro de algo. El momento que más me marcó fue una imagen que no sé si salió técnicamente bien, pero que voy a recordar mucho tiempo. Una señora le explicaba a su nieta de seis años cómo de joven escuchaba sus discos. La niña miraba el escenario con los ojos muy abiertos. La abuela miraba a la niña. Cincuenta años de música pasando de una generación a otra en tiempo real, en una plaza de Castilla, con viento y amenaza de lluvia. Eso no se organiza. Ocurre solo cuando la música es verdadera. Gwendal lleva más de medio siglo sobre los escenarios. No es un grupo que sorprende porque reinventa: sorprende porque permanece. Cada vez que fotografío un concierto de ellos me pregunto qué es lo que busco. Y cada vez la respuesta es la misma: no busco la foto perfecta. Busco el momento en que la música y la gente se tocan. Esa noche, en Aranda de Duero, ocurrió varias veces. Y algunas las tengo guardadas. |
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