Otro año más, nos poníamos en camino hacia el recinto gasteiztarra de Mendizabala para asistir a una nueva edición del Azkena Rock Festival. Por diversos motivos, este año tuvimos que centrarnos exclusivamente en la jornada del viernes, a la que llegamos no sin antes superar unas cuantas dificultades. Nada más llegar, nos percatamos de que la zona donde habitualmente solemos dejar el coche estaba cortada. Una buena iniciativa por parte del festival para incentivar el uso del transporte público, aunque un auténtico inconveniente para quienes venimos de fuera. Una vez conseguimos aparcar, una inmensa tromba de agua nos sorprendió por completo. Cada vez parecía complicarse más la jornada, pero, por fin, el tiempo nos dio una tregua y pudimos acreditarnos y acceder al recinto. Desde el primer minuto se respiraba el inconfundible espíritu azkenero. Rockers, heavies, punks, familias, despedidas de soltero… La familia del Azkena volvía a reunirse un año más en torno a un festival donde la diversidad siempre ha sido una de sus grandes señas de identidad. Sin duda, este festival tiene un encanto especial, aunque también arrastra algunos inconvenientes. Los precios de las barras y de la restauración continúan siendo desorbitados, algo que, por desgracia, parece haberse convertido en una costumbre en los festivales actuales. Pero, por encima de todo, la gran atracción sigue siendo su cartel. Una vez instalados y después de superar todos los contratiempos, por fin nos preparábamos para disfrutar de una de las mayores leyendas que han pasado por Mendizabala. Vincent Damon Furnier, nacido en Detroit el 4 de febrero de 1948 y conocido mundialmente como Alice Cooper, regresaba una vez más a las campas de Mendizabala con su inconfundible espectáculo de terror para deleite de unos seguidores que aguardaban impacientes la aparición del maestro del shock rock. Tras unos minutos de introducción, los primeros acordes de "Who Do You Think We Are" hicieron estallar la euforia entre los asistentes. La banda irrumpía en el escenario y, como viene siendo habitual durante la baja por maternidad de Nita Strauss, Anna Cara ocupaba su lugar a la guitarra junto al resto de músicos que acompañan a Alice Cooper. Con su inseparable chistera, su bastón y esos inconfundibles ojos maquillados, Alice apareció sobre las tablas para dar paso a "Spark in the Dark", una de las canciones rescatadas en sus últimas giras del inolvidable álbum Trash, un disco con el que muchos descubrimos el universo del artista de Detroit. |
|
|
|
Como una máquina perfectamente engrasada, la banda enlazó con "No More Mr. Nice Guy", uno de esos clásicos inmortales que, como era de esperar, volvió completamente loco al público. Alice recorría el escenario con absoluta autoridad, dominando cada movimiento y cada gesto. "House of Fire" continuó el repaso al álbum Trash, un disco del que, afortunadamente, ha recuperado varios temas en los últimos años. Con "Billion Dollar Babies" llegó uno de los momentos más esperados del espectáculo. Florín en mano y con un enorme fajo de billetes, Alice jugaba con la codicia del público mientras sus ayudantes disparaban confeti con forma de dólares sobre los asistentes. La lluvia de billetes convirtió el recinto en una auténtica locura, con cientos de personas intentando atrapar alguno como recuerdo. "I’m Eighteen" nos trasladó de golpe a los años setenta. Las pantallas proyectaban imágenes de un jovencísimo Alice Cooper y repasaban, a modo de álbum fotográfico, sus primeros años en la música. Todo aparecía enmarcado con un espectacular efecto tridimensional que daba todavía más fuerza al montaje escénico. Una vez más quedó demostrado que las nuevas tecnologías y el espectáculo de Alice Cooper conviven a la perfección. "Muscle of Love" siguió profundizando en la etapa más clásica del artista mientras las proyecciones continuaban sucediéndose. La banda, impecable durante toda la actuación, arropaba constantemente a Alice. Chuck Garric al bajo, Tommy Henriksen y Ryan Roxie a las guitarras, junto con la nueva incorporación, Anna Cara, ofrecieron una actuación sobresaliente. Es cierto que la presencia escénica de Nita Strauss resulta difícil de igualar, pero Anna cumplió con nota, demostrando un nivel técnico impecable y una gran personalidad sobre el escenario. "Feed My Frankenstein" nos transportó directamente a la década de los noventa y, en concreto, al álbum Hey Stoopid. Un gigantesco Frankenstein dominaba el escenario mientras la banda interpretaba uno de los momentos más espectaculares de la noche. Con "Feed My Frankenstein" ya nos había metido de lleno en su particular circo de los horrores, pero Alice aún tenía ganas de seguir jugando con un público completamente entregado. El siguiente turno fue para "Dirty Diamonds", un tema con el que volvió a interactuar con los asistentes, que luchaban por hacerse con alguno de los collares que el de Detroit iba lanzando desde el escenario. "Caught in a Dream" nos devolvía a la etapa más hippie de la banda con este clásico publicado en 1971, que Alice Cooper sigue interpretando en directo de forma excepcional. El repaso a todas las etapas de su carrera estaba siendo sencillamente magnífico. |
|
|
|
Con "Hey Stoopid" regresábamos al hard rock más contundente del artista. El tema que da nombre a su álbum de 1991 volvió a hacer rugir a Mendizabala, con miles de gargantas coreando ese inconfundible "Hey, hey, hey, hey, Hey Stoopid", mientras en las pantallas se proyectaban imágenes del videoclip que tantos adolescentes de la época vimos una y otra vez. Aquellos años en los que arrasábamos los quioscos buscando la revista de turno para conseguir un póster más de nuestro ídolo. ¿Quién no ha tenido un póster de Alice Cooper presidiendo la pared de su habitación y escandalizando a las visitas? Para muchos de nosotros ha sido un referente durante décadas y, desde luego, él ha sabido aprovechar ese aura de icono como pocos artistas. "Dangerous Tonight" continuó descargando ese hard rock de estribillos irresistibles que tan bien domina Alice. Tres canciones de Trash en el repertorio supusieron un auténtico regalo para quienes siempre hemos considerado ese disco una de las grandes joyas de su carrera. El ambiente ya era de auténtica locura cuando un crujido, seguido de un rasgueo de guitarra, anunció la llegada de "Poison". Algunos podrán decir que es un tema demasiado escuchado, que suena constantemente en la radio o que está demasiado explotado. Puede ser. Pero también es una de esas canciones que todos hemos cantado a pleno pulmón conduciendo, mientras suena en esa radio que nadie escucha por repetitiva pero que todos conocemos y acabamos sucumbiendo. Y eso quedó demostrado en Mendizabala. Ver a padres e hijos, veteranos y jóvenes, cantando al unísono uno de los himnos más reconocibles del rock fue uno de esos momentos que justifican por sí solos la asistencia a un concierto de Alice Cooper. Ese tipo de canciones que unen generaciones y que, por mucho que pasen los años, siguen emocionando como el primer día. Quizá esa sea una de las razones por las que, a sus 77 años, Alice Cooper continúa subiéndose a un escenario con la misma pasión de siempre y ofreciendo una auténtica lección de profesionalidad y veteranía. Tras el clamor de "Poison" llegó el turno de los solos de guitarra. Ryan Roxie y Tommy Henriksen fueron desgranando su talento, perfectamente respaldados por una sección rítmica demoledora, con Chuck Garric al bajo y el siempre contundente Glen Sobel a la batería. |
|
|
|
Pero, si hubo un momento especialmente esperado, fue el protagonizado por Anna Cara. La guitarrista demostró que no está ahí por casualidad, firmando un solo brillante que arrancó una gran ovación y dejó a más de uno con la boca abierta. Con el público todavía en éxtasis, Alice nos trasladó al nuevo milenio con "Brutal Planet". Personalmente, es una canción que nunca me ha terminado de convencer y, puestos a elegir, quizá la habría sustituido por algún clásico más. Pero, ¿quién soy yo para discutir el repertorio del maestro? Como decían en Wayne’s World: "¡No somos dignos!". Hasta ese momento, el concierto había estado centrado principalmente en el aspecto musical y en un repaso prácticamente perfecto a sus grandes éxitos. Sin embargo, todavía faltaba la otra mitad del espectáculo: la teatral. Ese universo de horror, locura y personajes perturbados que convirtió a Alice Cooper en una auténtica leyenda del rock. Con una camisa de fuerza y completamente aislado bajo el haz de un cañón de luz , comenzó "Ballad of Dwight Fry". La atmósfera que se creó en ese instante fue sobrecogedora. Durante unos minutos solo existían Alice y un público absolutamente hipnotizado por la representación de uno de los personajes más perturbadores de su repertorio. "Cold Ethyl" elevó aún más el nivel teatral. Alice interactuaba con la ya clásica muñeca, representando a un psicópata completamente desquiciado, mientras los músicos desfilaban a su alrededor recibiendo, según el momento, gestos de aprobación o desprecio por parte del protagonista. El delirio se había adueñado definitivamente del escenario. Pero toda historia necesita un descenso a los infiernos. Con "Only Women Bleed", el ambiente cambió por completo. Mientras sonaba la balada, Sheryl Cooper interpretaba una delicada coreografía cuyo desenlace terminaba de la forma más trágica posible, apuñalada por el propio Alice dentro de la representación teatral que lleva décadas perfeccionando. Acto seguido llegaba uno de los momentos más icónicos del espectáculo. Alice era detenido, juzgado y finalmente ejecutado en la guillotina. Su cabeza aparecía exhibida como un macabro trofeo mientras la banda interpretaba "I Love the Dead" ante un público completamente entregado, que no dejaba de corear su nombre. |
|
|
|
"Second Coming" devolvía la gloria al cuerpo de los presentes. Con Alice ya resucitado, el público, completamente entregado, coreaba el estribillo de este gran tema mientras el espectáculo se encaminaba hacia su recta final. La locura alcanzó su punto álgido cuando comenzaron a sonar los acordes de "School’s Out". Con un impecable frac blanco, su inseparable chistera y el bastón convertido en protagonista, Alice iba reventando, uno a uno, los enormes balones rellenos de confeti que sobrevolaban el público. Mientras tanto, sobre el escenario se intercalaban fragmentos de "Another Brick in the Wall", de Pink Floyd, como viene haciendo en los últimos años, dando aún más fuerza a uno de los grandes himnos de la noche. La fiesta ya era absoluta cuando llegó el turno de "Smells Like Teen Spirit", de Nirvana. Una versión que, como siempre, divide opiniones entre los seguidores, pero que volvió a sonar con fuerza en Mendizabala. Una vez más, Alice Cooper había vuelto a demostrar por qué sigue siendo una leyenda viva del rock. Después de más de cinco décadas sobre los escenarios, continúa ofreciendo un espectáculo capaz de sorprender tanto a quienes le ven por primera vez como a quienes llevamos años siguiéndole. No hubo una sola persona que permaneciera indiferente ante el despliegue del maestro del shock rock. No solo asistimos a un concierto; asistimos a toda una representación teatral perfectamente ejecutada. |
|
|
|
Apenas habían terminado de apagarse las luces del escenario principal cuando, desde el escenario contiguo, comenzaron a escucharse los primeros acordes de un inconfundible "Saaaaalve Regiiina…". Apenas nos dio tiempo a llegar para ver el inicio del concierto de Evaristo, que regresaba al Azkena Rock con un repertorio que repasaba toda su trayectoria, desde La Polla Records hasta su etapa más reciente con Tropa do Carallo. No tardaron en caer himnos como "Salve", "Nuestra alegre juventud" o "Esclavos", mezclados con canciones más recientes como "Come libertad", donde el de Agurain volvió a descargar toda la rabia y el inconformismo que siempre le han caracterizado. La avalancha de clásicos continuó con "Lucky Man for You", "Come mierda", "Estrella del rock" o "¿Por qué?". Todo ello sin apenas dar un respiro a un público que no dejó de cantar y saltar durante todo el concierto. |
|
|
|
Acompañado por sus inseparables Abel al bajo, Txiki y Alberto a las guitarras, y Tripi a la batería, Evaristo volvió a demostrar que, pese al paso de los años, mantiene intacta esa actitud desafiante que le ha convertido en uno de los grandes referentes del punk estatal. Con bastante pesar, decidimos abandonar el concierto antes de que terminara para poder llegar al escenario donde actuaban Voivod. Es una de las grandes desventajas de los festivales: los inevitables solapes, especialmente para quienes disfrutamos moviéndonos entre estilos tan diferentes como el punk, el hard rock o el metal más extremo. Cuando llegamos, los canadienses ya estaban descargando toda su potencia sobre el escenario. Alcanzamos a escuchar los últimos compases de "War and Pain", con Denis Bélanger y compañía demostrando por qué siguen siendo una banda de culto dentro del metal. |
|
|
|
La propuesta de Voivod continúa siendo tan personal como hace cuatro décadas. Su mezcla de thrash metal, metal progresivo y psicodelia sigue sonando tan inclasificable como siempre. Para cerrar su actuación interpretaron "Condemned to the Gallows", su ya habitual versión de "Astronomy Domine", de Pink Floyd, y el contundente "Voivod", poniendo el punto final a una descarga sonora que, aunque disfrutamos solo en su tramo final, nos dejó un magnífico sabor de boca. Y con ese último estallido de sonido decidimos poner punto final a nuestra visita a esta nueva edición del Azkena Rock Festival. Aún hubo tiempo para acercarnos a la carpa de Trashville y empaparnos, una vez más, del ambiente que hace tan especial a este festival. |
|
|
|
Porque, más allá de los nombres del cartel, el Azkena sigue destacando por su diversidad y por una afición fiel que año tras año llena las campas de Mendizabala. No es casualidad que muchos asistentes abandonen el recinto con su box set para la siguiente edición ya bajo el brazo. Con esa mezcla de cansancio, felicidad y la satisfacción de haber vivido otra gran jornada de rock, abandonamos Gasteiz rumbo a la capital vizcaína, saboreando aún todo lo vivido y esperando regresar muy pronto a una nueva edición del Azkena Rock Festival. |
|
|



































