Un año más, el pabellón del Bilbao Arena (Miribilla) albergó una nueva edición del Bilbao BBK Music Legends. Por diversos motivos, solo pudimos asistir a una de las dos jornadas programadas. Nos centramos principalmente en la del sábado, en la que, en un principio, estaban previstas las actuaciones de los suecos Graveyard, el supergrupo BEAT y el guitarrista y activista Tom Morello, quien, por motivos personales, canceló su participación a última hora. Una vez llegamos al pabellón y nos acomodamos, enseguida nos dimos cuenta de que no iba a ser un bolo cualquiera. Diferentes aspectos técnicos presagiaban que no estábamos ante un concierto al uso. Puntuales, comenzaron los suecos Graveyard. Los de Gotemburgo ofrecieron un concierto muy sólido, como acostumbran, disfrutando además de un gran sonido que, unido a la maestría de sus integrantes, dejó claro que no estaban allí para hacer bulto y que la baja de Tom Morello había dejado un hueco muy importante que no pensaban desaprovechar. |
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Temas como "Please Don't", "Walk On", "Ain't Fit to Live Here" o "From a Hole in the Wall" nos mostraron ese rock psicodélico con claras influencias de Cream, Black Sabbath e, incluso, si me apuras, de The Doors, creando una burbuja sonora que te atrapaba cada vez más en su propuesta musical. "Cold Love" y "Rampant Fields" continuaron el show de los suecos, dejando más que evidente que el repertorio se apoyaba principalmente en tres de sus mejores discos: Hisingen Blues, Peace y 6. Joakim Nilsson y los suyos estaban ofreciendo un concierto enorme. Uno de los grandes momentos llegó con "Bird of Paradise", para deleite de los incondicionales. Y es que, sin duda, este tema es uno de los más representativos de la banda. "An Industry of Murder" y "Hisingen Blues" terminaron de volarnos la cabeza: un auténtico terremoto musical en el que la base rítmica formada por Truls Mörck al bajo y Oskar Bergenheim a la batería, junto al otro guitarrista, Jonatan Ramm, desembocaba en un torbellino de sensaciones sonoras imposibles de clasificar. |
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Pero, sin duda, lo mejor del concierto llegó con la traca final, que nos dejó a todos flotando en una nube gracias a temas como "Goliath", pura energía sureña, y "Uncomfortably Numb", un blues rock con un desenlace apoteósico. Dejaron para el final un dúo de canciones que no defraudó a nadie: "Twice" y "The Siren", con las que los seguidores que ocupaban las primeras filas enloquecieron por completo. Sin duda, los suecos calentaron el ambiente de la mejor manera posible para lo que estaba por venir. |
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Tengo que reconocer que no soy un gran seguidor de King Crimson y que quizá me aventuré demasiado al plantarme allí sin preparación previa, esperando empaparme musicalmente como en otras ocasiones. Pero la bofetada de realidad fue instantánea. Nada más comenzar BEAT comprobé que aquello no iba de una superbanda al uso. Solo la presencia de Tony Levin, con ese bajo de infinitas cuerdas interpretando ritmos funk, mientras Adrian Belew hacía lo propio con su guitarra, ya bastaba para comprender que estaba asistiendo a una marcianada musical de dimensiones épicas. Estaba viendo sobre el escenario a dos de los principales artífices del sonido de King Crimson. "Neurotica", "Neal and Jack and Me" y "Heartbeat" fueron interpretadas de manera impecable. Ya no había vuelta atrás. Steve Vai, con su traje y su gorra al más puro estilo Jim Carrey en La máscara, hacía aullar a su guitarra con esos solos neuróticos y esos sonidos imposibles que solo él consigue arrancar de su Ibanez. Mientras tanto, Danny Carey, batería de Tool, nos mostraba la técnica más precisa y milimétrica que se puede imaginar, todo ello sin perder un ápice de personalidad. Porque no nos engañemos: es una máquina, pero transmite como muy pocos bateristas consiguen hacerlo. Su forma de enlazar los temas y de ceder protagonismo a sus compañeros mientras él construye el andamiaje rítmico resulta sencillamente impresionante. Verle en acción es toda una experiencia. Pero es que el concierto entero estaba siendo una auténtica experiencia sonora. "Sartori in Tangier", "Model Man" y "Dig Me" se sucedían en un pasaje lleno de cambios de compás, medios tiempos y duelos de guitarra que parecían conversaciones entre cetáceos. Sinceramente, me cuesta describir con palabras lo que estábamos viviendo en ese momento. |
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"Man With an Open Heart", "Industry" y "Larks' Tongues in Aspic (Part III)" terminaron de conquistar a sus seguidores más fieles. Un servidor todavía seguía intentando asimilar todo lo que estaba presenciando. Cuando ya creíamos haberle cogido el punto a aquella locura y pensábamos que habíamos obtenido un máster acelerado en rock progresivo marciano, volvieron a volarnos la cabeza con "Waiting Man". Con un comienzo puramente rítmico, Adrian Belew y Danny Carey construían una hipnótica base de percusión a la que poco después se unía Tony Levin antes de que el resto de la banda irrumpiera con el tema. La interpretación fue tan espectacular que, viendo las caras de quienes ocupaban las primeras filas, aquello bien podía parecer una aparición mariana. Levitando estaban algunos cuando "The Sheltering Sky" y "Sleepless" continuaron la locura sónica a la que nos estaban sometiendo. Madre mía, qué derroche de virtuosismo por parte de todos. Pero es que lo de Steve Vai era directamente otro nivel. Sin embargo, si hubo un momento en el que todo pareció descontrolarse por completo, fue durante la interpretación de "Frame by Frame". Aquello sonaba como una desarmonía perfectamente calculada: un caos de notas, arreglos y melodías ejecutadas con una libertad absoluta, pero encajadas con una precisión milimétrica que desembocaba en una belleza difícil de explicar. Uno de los momentos más épicos de la noche llegó cuando Steve Vai hizo levitar literalmente su guitarra mientras jugaba con el vibrato, uno de esos gestos tan característicos de su repertorio escénico. Solo por ese instante ya mereció la pena toda la noche. |
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"Matte Kudasai" y "Elephant Talk", con ese irresistible groove que Tony Levin maneja como nadie, mientras Steve Vai y Adrian Belew cruzaban guitarras en un duelo imposible, nos llevaron hasta un clímax absoluto en el que parecía que los instrumentos cobraban vida. Sí, como si nos hubieran empapado en ácido lisérgico, seguíamos flotando en una nube gracias a unos BEAT que no dejaban de sorprendernos. Tras unos minutos para tomar aire, BEAT regresó al escenario para interpretar dos bises. El primero fue "Red", otra de las grandes composiciones del repertorio crimsoniano y toda una demostración de los cimientos sobre los que se edificó el rock progresivo. Para culminar aquel terremoto sonoro llegó "Thela Hun Ginjeet", con la que el respetable terminó completamente entregado, aplaudiendo, vitoreando e intentando hacerse con alguna de las escasas púas que Steve Vai y Adrian Belew lanzaban al público. Así concluyó uno de los conciertos más extraños y, al mismo tiempo, más satisfactorios a los que he asistido jamás. Este tipo de bandas no son para cualquiera; hay que ser muy cafetero o un auténtico apasionado tanto de King Crimson como de los músicos que conforman BEAT. Pero lo que vivimos en Miribilla fue una experiencia que recordaremos durante muchos años y que, sin duda, nos ha dejado una huella imborrable. Gracias, BEAT. Y gracias también a nuestro compañero Fran Cea por cedernos varias fotos. |
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