Leiva jugo en casa con una noche repasando su legado con homenajes emotivos El de Alameda de Osuna volvía al Movistar Arena para cerrar su círculo “Gigante” en la primera de las cuatro noches que tiene completamente vendidas. Visualmente potente y emocionalmente superlativo, Leiva dejo el listón muy alto de cara a sus próximas apariciones los días 9, 29 y 30 de este mes de septiembre. No podremos comparar, pero lo que si podemos es contaros con todo lujo de detalles lo que dio de si el miércoles 8 en Madrid. A las nueve llega la cuenta atrás, y Leiva aparece sobre el escenario con sus clásicos lunares y sombrero, los músicos, de blanco y rápidamente se aprecia el cuidado visual de su show, “Lobos” tiñe el escenario de rojo, “Terriblemente cruel” convierte las gradas en una sola masa de voces y “Superpoderes” abre, en medio de todo ese ruido, una pequeña grieta para respirar. Y es que Leiva está nervioso. Aunque suene extraño después de tantos años sobre los escenarios, aparece una de las claves de la noche, pese a todo lo aprendido y a tantos conciertos a sus espaldas, todavía se nota que le importa muchísimo estar ahí porque tarda un poco en dar las buenas noches y cuando por fin lo hace, da la impresión de que está hablando desde un lugar mucho más íntimo que ese enorme escenario que tiene detrás, “Buenísimas noches a todos, casita, Madrid”, “Es un lujo poder estar aquí y encontrarnos de nuevo”. No tarda en explicar qué significa para él volver a Madrid justo en este punto de la gira, “Cada año los nervios, la ilusión, el compromiso, la responsabilidad sube. Llegando a la prueba de sonido, a eso de las cuatro de la tarde, tenía un sentimiento de terror, como si no tuviera ninguna experiencia en la música. Y pensaba: en experiencia nos gana cualquiera, en ilusión no nos gana nadie”. La resuena en el Movistar Arena y la respuesta llega enseguida, no cuesta entender por qué, en una época en la que los grandes conciertos parecen ensayados hasta el último milímetro, admitir los nervios devuelve algo muy humano al espectáculo, y es que detrás de las luces y de toda la maquinaria, siempre hay una persona. Leiva tiene, además, otra explicación, “Estamos como flanes porque nos sigue impresionando. Sigue siendo una cosa extraordinaria todo esto, absurda e irreal. Y siempre me gusta justificarlo y entenderlo gracias a que cogéis vuestro dinero, de vuestro trabajo, y lo destináis a una entrada. Eso tiene un valor enorme. Muchísimas gracias a todos”. |
|
|
|
El repertorio avanza como un viaje por su amplia trayectoria, hay espacio para el rock, para el baile y para que las guitarras se adueñen de los enlaces entre canciones, pero también hay espacio para que el público demuestre que no ha venido a escuchar pasivamente. En “Ángulo muerto” las voces llegan desde abajo del escenario antes incluso de que Leiva tenga que pedirlas, “Desnudo parezco un insecto y vestido un señor”. Y entonces aparece Guille, Leiva habla entonces de un chico de su barrio que está atravesando una enfermedad que le ha hecho perder la visión de un ojo, quiere dedicarle “Cortar por la línea de puntos” y no necesita montar un gran discurso ni buscar palabras solemnes, lo cuenta con la naturalidad de quien habla de alguien cercano, “hace unos días me contaron que un chaval de mi barrio está pasando por una situación difícil, tiene una enfermedad muy peculiar y le está afectando a un montón de cosas y ahora en concreto a un ojo que ha perdido la visión. Me contaron que hoy o mañana estaría por aquí, ojalá este hoy, me gustaría decirle que la vida sin un ojo es exactamente igual que con dos, diría que incluso en el mundo en que vivimos dos ojos es demasiada información, con uno se está muy bien. La vida de pirata es muy bonita, te deseo mucha suerte, Guille” El aplauso se alarga, Leiva simplemente deja que pase, y continúa. “Va, vamos a bailar”, “Flecha” vuelve a levantar el recinto, pero la noche no podía ser tranquila, este tipo es del Atleti, y eso tiene sus consecuencias. Los in-ear le vuelven a fallar, es uno de esos accidentes que, lejos de romper el concierto, terminan formando parte de él. Leiva se enfada, protesta y, al final, acaba tirando de humor con una estadística muy suya, “yo tengo una estadística muy del Atleti, y es que solemos ganar en los conciertos, pero esta puta mierda de putos cascos se me rompen el 85% de los días, pero al final ganamos el partido. En la prueba de sonido los he probado y he dicho ostias esto está bien hoy no va a pasar nada ¡ZAS!” |
|
|
|
Era el momento de presentar en sociedad a su nueva criatura, Leiva había pedido a sus seguidores que aprendieran el estribillo de un tema que formará parte de su próximo disco, la idea era grabar las voces del público durante estas noches madrileñas e incorporarlas después a la canción, un pequeño experimento compartido, anunciado ya antes de que empezaran los conciertos. Pero antes hay que organizar a miles de personas que no es poca cosa, “Aquí no canta ni Harry Potter” El público espera su momento y Leiva hace un llamamiento, “Como última petición, yo soy un romántico y me gustan mucho las cosas muy difíciles. Vivimos en un mundo muy difícil para sugerir esto, pero mi misión es intentarlo. Es una canción nueva. Yo ya he lanzado el estribillo; el resto de la canción, hasta que salga, lo bonito es que quede entre nosotros. Yo sé que entre 16.000 personas que quede entre nosotros es difícil, y no voy a ser yo quien lo prohíba, porque odio la prohibición. Es simplemente una sugerencia de compas. Si alguien no lo puede soportar y necesita grabarlo y colgarlo, que lo cuelgue. Yo ni voy a grabar más ni voy a ganar menos, ni la canción va a ser mejor ni peor. Es una cuestión de pandilleros: lo que pasa aquí se queda aquí”, durante unos minutos, ocurre algo bastante extraño para un concierto de 2026: la gente guarda los teléfonos. No hay pantallas iluminando el pabellón, no hay miles de personas intentando convertir el momento en un vídeo para llevárselo después, primero hay silencio, posteriormente, voces y finalmente, respeto. El público canta el estribillo que ha aprendido y Leiva interpreta la canción completa, la escena tiene algo de secreto compartido, y es precisamente esa contradicción la que hace que funcione. La siguiente canción tampoco estaba destinada a ser una canción más, “Voy a tocar una canción de un amigo, una versión, me pone muy nervioso eso a mí…” Leiva se queda solo con la acústica, en la guitarra está grabado un nombre, el de Roberto Iniesta, en las pantallas, un micrófono huérfano, sin dueño, llega “El hombre pájaro”. El Movistar Arena se queda prácticamente inmóvil, por un instante, parece que hasta el aire pesa un poco más. Leiva habla entonces de aquello que hacía único a Robe, “tenía la virtud de hacer de algo muy complejo, porque su música era especialmente compleja lo que pasa es que a los oídos sonaba simple, esa es la diferencia entre los que hacemos música y los genios. Tenía una capacidad para convertir en algo simple una maraña de acordes y cosas supercomplejas que es tan difícil reproducirlo, pero bueno, no tenía pensado hacerlo, lo hice una noche este verano y quería repartirlo, con un poquito de silencio y amor voy a hacer algo para Robe Iniesta”. La frase sobre los genios se queda flotando en el recinto, casi sin necesidad de que nadie añada nada. La emoción de ese momento no necesita demasiados adornos, una acústica y una voz bastan, bueno, y la ausencia, también. |
|
|
|
Leiva había compartido con Robe “Caída libre”, publicada en 2025, ahora “El hombre pájaro” adquiere otra dimensión, es una canción tocada por alguien que sabe que ya no podrá volver a compartir escenario con quien la escribió. El homenaje deja así una huella especial y se convierte en uno de los momentos más conmovedores de la noche, lo peor es que después de ese silencio llega la memoria, y llega de golpe. Hay canciones que sobreviven a sus grupos, a sus discos y hasta a las personas que las escribieron, las de Pereza pertenecen a esa categoría para buena parte del público que llena el recinto por eso Leiva no intenta esconder esa parte de su historia, al contrario, la deja entrar en su presente con toda naturalidad incluso preguntando, “¿Queréis más?”, “Lady Madrid” cierra el bloque principal del concierto. pero todavía quedan tres canciones. El primer bis recupera “Caída libre”, después “Como si fueras a morir mañana” y cuando parece que ya está todo dicho, aparece “Princesas” que es un cierre perfecto, precisamente porque mira hacia atrás. El Tour Gigante nació alrededor de una etapa nueva de Leiva, pero en Madrid termina abrazando todas sus etapas. El músico que salió con una guitarra, el que aprendió los escenarios junto a Pereza, el que construyó después una carrera propia y el que ahora vuelve a su ciudad con una producción enorme conviven durante unas horas sobre el mismo escenario y quizá por eso la noche no se siente del todo como una despedida. Todavía quedan tres conciertos en Madrid, pero el primero ya ha dejado su propia historia, la de un artista nervioso pese a los años, un chico del barrio convertido, por unos minutos, en protagonista de un mensaje de cariño, una canción nueva que perteneció exclusivamente a quienes estaban allí, un público dispuesto a apagar sus teléfonos y un Robe ausente que volvió a estar presente a través de una guitarra ajena pero amiga. Leiva dijo que estas noches todavía le impresionan, después de verlo sobre el escenario, cuesta pensar que ese sentimiento sea solo suyo porque Madrid no solo recibió a Leiva, Madrid lo reconoció, y por unas horas, volvió a sentirse como su casa. |
|
|






























