Hay una ley no escrita en el rock que dice que el espíritu de una generación se mide por la cantidad de sudor que cuelga del techo de un pabellón. En el Landako Gunea de Durango, el vapor de agua condensado llovía literalmente sobre las cabezas de cinco mil personas. No era agua; era la esencia destilada de catorce horas de una comunión de bandas y estilos musicales que nos hicieron disfrutar de un día difícilmente será olvidado en esta segunda edición, la primera que asisto yo y no será la última, prometido. [ crónica ]










































