El Movistar Arena estaba hasta arriba y aun así daba frío, no del de la piel, del otro, del que se te mete por dentro cuando hay demasiada gente pensando en sus cosas al mismo tiempo, luego, salieron las luces, el ruido, los móviles en alto y apareció Pablo Alborán, con esa cara de no haber roto nunca un plato y la extraña costumbre de cantar como si estuviera solo en casa, y ahí está el truco, porque mientras medio pabellón gritaba y el otro medio intentaba grabarlo todo, él iba a lo suyo, a desnudarse un poco en cada canción, sin postureo raro, sin querer parecer más triste, más profundo o artista de lo que ya es, solo un tío delante de un piano, de una banda enorme y de un montón de personas deseando pasárselo bien. [ crónica ]










































