Acudir al Café Berlín me produce una pseudonostalgia estúpida por todas las noches que pasé en ese recinto cuando era la We Rock, la sala donde más cómodo me he sentido, con mucha diferencia de la segunda. No tenía ni el mejor sonido, ni las mejores luces, pero no había otra igual.
A pesar de que han pasado diez años de su cierre original, y que no era la primera vez que pasaba por su nueva “marca”, es imposible desligarme de tantos y tantos buenos recuerdos. Sólo encuentro una solución, forjar nuevos, y se me ocurren pocas opciones mejores que Christina Rosenvinge. [ crónica ]









































